La República y una pasión por la verdad

En el 38 aniversario del diario La República, rescatamos el relato de Alejandro Sakuda (1938 – 2018), quien fue director del periódico entre 1987 y 1995. El texto es una reflexión sincera sobre don Gustavo Mohme Llona y el compromiso que entregó, en vida, al diario que fundó en 1981. «Tu apuesta por La República es algo que los periodistas que trabajamos a tu lado te agradeceremos siempre», escribió.

Alejandro Sakuda
Periodista, exdirector de La República

Estimado Gustavo:

El bueno de Chicho me ha pedido que escriba sobre ti y La República, pues hace ya diez años que te alejaste de este mundo no sin antes dejarnos a todos los peruanos -sin excepción alguna- la tarea de seguir batallando por mejorar las condiciones de vida de nuestros compatriotas, que era, por lo que siempre luchaste en tu vida profesional, periodística y política.

La nota de Chicho me hizo recordar el día que lo llevaste a La República para que supervisara todos los avisos de tu candidatura al Senado y nos recomendaste que lo apoyáramos en todo. Chicho acudía diariamente al periódico y se paseaba por la redacción, viendo como era el ajetreo periodístico, y solía sentarse al lado de ese editor inolvidable que fue Óscar Cuya para que no faltara ningún detalle en tus avisos. Nunca nos imaginamos que el buen Chicho lo aprendería todo y te seguiría los pasos, al punto que hoy está al frente del diario que fundaste.

Desde ese entonces a la fecha el país ha cambiado, para bien, sin duda; con altibajos, con escollos, con zancadillas, pero nadie puede discutir que en términos generales estamos avanzando, y eso se debe a que la gente como tú se encargó de sembrar para que el Perú
pudiera cosechar. Siempre ha sido así. El Perú exige el sacrificio de sus mejores gentes, tú entre los primeros, aunque no siempre se reconozca después ese mérito o simplemente se dejan en el olvido. A Dios gracias, en tu caso no ha sido así porque te recuerda con cariño, te tiene un gran respeto y recuerda las grandes batallas que libraste para que en el país se produzcan los cambios que no lleven al bienestar. Diría que contigo se está haciendo justicia, agracias además a que tienes a toda tu familia siguiendo tus pasos y, desde luego, a

La República, un diario por el que literalmente diste la vida. No sabes cuánto me alegra que Stella, María Eugenia y Pucky estén tan involucradas en el diario, acompañando a Chicho, a Gerardo y a Carlos. Ni qué decir de Ramona. Ellos nos garantizan que La República seguirá por la senda que iniciaste en 1981 y que no se desviará de los objetivos por los que luchaste en vida y que siguen tan vigentes como en ese entonces.

Porque tú, Gustavo, encarnas a La República, y La República no sería tal si por alguna razón se intentara olvidar los ideales con los que lo alimentaste en vida y que además se nota en cada artículo, informe de investigación o reportaje que se publican.

Más allá de bustos, retratos u óleos, tu pensamiento -que es lo más importante- está grabado en el corazón de todos quienes se te conocieron y de quienes han trabajado o trabajan en La República.

La gente te asociara siempre a La República porque todos saben que fuiste nervio y motor del diario. Tus ideales son los que en todo momento se enarbolaron como bandera para seguir luchando por esa “República Superior” que tanto marcó nuestra vida como periodistas.

Claro que esa búsqueda tuvimos discrepancias, y muchas, pero de ellas siempre al final la luz que iluminaba una información o un informe mejor elaborado, más serio y más responsable. Y eso era así porque contigo se podía discutir y hasta discrepar, pero siempre en forma alturada, sin que se rompiera la amistad o el respeto. Sabías escuchar, te concentrabas y mientras te pasabas tus dedos pulgar e índice por tus bigotes, buscabas mentalmente la salida al entrampamiento, y luego, cuando la tenías, defendías con ardor tu propuesta, sin desconocer las opiniones de los demás. Así es como te recordamos todos.

En defensa de tus ideales, luchaste denodadamente por la unidad de la izquierda, y La República te acompañó siempre, porque los demás socios coincidían también en que había que pensar y luchar por aquellos que no tenían cómo defenderse de un país donde dominaban el egoísmo y la ambición de los pocos en desmedro de los más.

Recuerdo que en ese afán nos reunimos en una casa de Pueblo Libre para evitar que la variopinta izquierda se rompiera y buscar que Alfonso Barrante no renunciar y se mantenga como líder de esa organización, por llamarla de alguna manera. También nos llegamos a reunir en Barranco, porque te preocupaba la preservación de la unidad de la izquierda y evitar que las mayorías nacionales quedaran desamparadas. Alfonso acudía con mucho entusiasmo, porque contigo se podía conversar y llegar a entendimientos. (…).

En tus conversaciones con Alfonso así como en tu vida política demostraste tener convicciones firmes y certeza éticas y por lo mismo estabas permanentemente abierto a la duda y a la crítica1.

Eras consciente, en ese sentido, de que la «supervivencia política depende de la adopción de decisiones de calidad, que las componendas y medidas de compromiso solo conducen a la insatisfacción y que dejar que las cosas sigan como están equivalen al suicidio político».

Por eso es que en ti, tanto en la política como en el periodismo, había que trabajar con esas miras, es decir, luchar por los más pobres, porque entendías que «la aceptación pública se gana cuando se es capaz de demostrar que se están mejorando las oportunidades de la nación como un todo y, a la vez, protegiendo a los grupos más vulnerables».

El paso de los años no borra ni olvida tu compromiso, tu entrega a la causa que era justa, y tu firme decisión de luchar por ella, sin pensar en los riesgos que ello pudiera acarrearte.

(…)


Todos recordamos además la lucha frontal que libraste contra la dictadura, uno de cuyos atropellos fue el autogolpe que no solo cerró el Congreso, entre otras barbaridades, sino que además censuró a un solo diario en todo el país, La República, desde luego, y que constituyó un baldón para los propios golpistas, dice mucho del temple con que se editaba el diario. Tú nos dabas esa fortaleza, Gustavo.

¡Cómo han pasado los años! Desde aquel heróico nacimiento del diario en 1981, y las amenazas de cierre de los primeros años, solo tu convicción de que tener un diario como La República era saludable para el país permitió que se continuara con la aventura periodística. Tu apuesta por La República es algo que los periodistas que trabajamos a tu lado te agradecemos siempre. Sin duda, el éxito que se cosecha hoy se debe a ti y a tu terca apuesta por una publicación con las características que hoy todos aplauden.

El diario -lo recuerdas, ¿verdad?- siempre se distinguió por su pluralidad, sin duda porque siempre tuviste la mente abierta, y aun cuando alguna opinión fuese discrepante , supiste darle cabida en el diario, porque entendías que ese era el rol de un periódico entendido como tal, lo que sin temor a equivocarme acrecentó el prestigio de La República. En las páginas del diario publicábamos, frente a frente, entrevistas a líderes de una u otra tendencia, para que los lectores tuvieran un panorama general del momento política que se vivía. ¡Cómo disfrutabas su lectura, Gustavo!

En ese misma línea, cómo olvidar, Gustavo, los artículos del que había sido adversario político tuyo como el expresidente Fernando Belaúnde Terry -cada semana, puntualmente, con fotos que él mismo escogía y a las que colocaba su respectiva leyendas, sin duda porque en él vivía aún el editor de la revista El Arquitecto-; de Héctor Cornejo Chávez- quien no quería saber nada de política y prácticamente se había alejado de ella, y sin embargo logramos que escribiera semanalmente- y de Alan García, que estando exiliado en Colombia de cuando en cuando nos enviaba sus comentarios manuscritos, que Gerardo Morris -un mensajero de lujo- entregaba a la redacción. Cómo olvidar también la histórica polémica sobre temas constitucionales que se dio en las páginas de La República entre Javier Valle Riestra y Manuel Aguirre Roca, donde hubo docencia y decencia, altura y respeto. ¡Qué tiempos, Gustavo; qué tiempos!

Gracias a ese espíritu de lucha y de superación que siempre te animó, La República supo oír el mensaje que venía del interior del país y empezó a descentralizar sus ediciones, y hoy luce con orgullo redacciones y talleres propios en varios departamentos, que muchos diarios han imitado después. Sin duda, eso es bueno para el periodismo y para el país.

Las descentralización empezó cuando La República contrató los servicios satelitales de PanamSat y donde, con gran entusiasmo, tú y Chicho apostaron por la modernidad. Ese paso fue trascendental para que La República de expandiera por Chiclayo, Trujillo, Piura, Chimbote, Arequipa, Cusco, Puno, Iquitos…
Lo interesante de todo es que siempre estuviste al tanto de todo cuanto pasaba en La República. Mañana, tarde, noche, estabas presente en el diario, multiplicándote, porque tenías que atender tu oficina ubicada en CAPECO, tus actividades en el Congreso, tus asuntos oficiales y sociales, entre otros, pero nunca, que recuerde, faltaste un día a La República.

Además, solías organizar desayunos de trabajo en tu casa, donde aparecías sudoroso porque estabas haciendo tus ejercicios matinales; u organizar partidos de fulbito , que era además una de tus pasiones. Allí, en la canchita de cemento, ponías no solo destreza con el balón, sino también fuerza y coraje, sin dejar de mencionar que muchas veces macheteabas también, y con ganas.

Tu identificación con el diario, y con el personal, era extraordinaria. En cuanta reunión había, allí estabas departiendo con todos, jugando bromas y siempre dejando tu sello propio, como en aquella reunión de aniversario en talleres, cuando estábamos en el jirón Huancavelica, donde, audaz y galante como eras, cogiste el zapato de taco de una de las trabajadoras, lo llenaste de champagne, y te lo bebiste de un tirón , previo sonoro ¡Salud! ¿Recuerdas que te ovacionaron, Gustavo? Es que gestos como ese no se veían así nomás. Esos gestos hacían de ti una persona distinta, que se mostraba en toda su dimensión humana; sencillo, bromista; en una palabra, amigo. Por eso, Gustavo, supiste ganarte la confianza y el respeto de todos.

Te recuerdo estas cosas, Gustavo, para que la nueva hornada de periodistas que ingresan a La República sepa la calidad de persona que eras. Que sepan quién fue realmente el fundador de La República y para que, además, la gente que te conoció, te recuerde como eras, y sepa valorar el temple con que estabas hecho y, sobre todo, aquilatar tu valía como hombre público identificado con las grandes mayorías y a las que, estoy seguro, La República nunca dejará de lado.

(…)

Por eso es que hoy te recordamos con el afecto de siempre.
Sé que donde quieras que estes, te llegará esta carta. Atravesará los aires, cruzará las nubes, enfilará al cielo, pero te llegará. Cuando eso ocurra, espero conocer tus opiniones.

Hasta entonces, Gustavo.

Un abrazo.

Alejandro Sakuda.